El único juego del universo que te hará reír, llorar y vomitar al mismo tiempo

Guía rápida para los más despistados

Era un día cualquiera en LER-2, un planeta que, si el universo tuviera ticket de devolución, alguien ya lo habría cambiado por otra cosa. En el corazón de este mundo tan peculiar se encontraba Lelópolis. Imagínate una ciudad diseñada por alguien que montó un mueble sin mirar las instrucciones, le sobraron doce tornillos y dijo "pues así se queda". Sus edificios parecían haber sido diseñados por un arquitecto daltónico con hipo y sus calles no llevaban a ninguna parte, ni a Roma.

Pero, oye, el sitio funcionaba. Los Lelos, haciendo honor a su nombre, vivían en su burbuja de incompetencia feliz. Su rutina consistía básicamente en existir por encima de sus posibilidades y hacer el ridículo sin darse apenas cuenta. Y estaban encantados de la vida. Hasta que se les acabó el chollo.

Todo empezó en la Plaza Central. NIX, un mastodonte rojo con el cerebro de un guisante y el ego de un planeta se encaró con OLI, un Limón "doctor" de dudosa legalidad que llevaba media hora de pie en la calle intentando acordarse de a qué había bajado.

El motivo de la bronca era para enmarcarlo. Resulta que el hermano de Nix, que por algún motivo genético es un pollo, vio la cabeza de Oli, pensó "hostia, un huevo", y se le sentó encima para empollarlo. Oli, por puro acto reflejo, pegó un manotazo y mandó al pollo a Cuenca. Nix lo vio y se calentó.

Empezaron con los típicos empujones de chulito de discoteca, hasta que Nix soltó el brazo y le calzó a Oli una hostia a mano abierta que sonó como si reventara una bombona de butano. El guantazo pegó tal eco que el resto de los Lelos entraron en pánico colectivo y echaron a correr en todas direcciones chocándose entre ellos. Y así, de la manera más tonta, se lio pardisima.

Mientras esos dos seguían a hostia limpia en una pelea bastante lamentable, FLO vio su momento de gloria. Flo era un camionero con más problemas de autocontrol que un mono con dinamita, y estaba perdidamente enamorado de LIA. Ella era una Lela de proporciones contundentes, pero que caminaba por la vida absolutamente convencida de que era la top model indiscutible del sistema solar.

Flo, dispuesto a conquistarla con lo que él en su cabeza consideró una maniobra romántica impecable, arrancó su destartalado camión y gritó “¡por ti, mi diosa!”.

La plaza se convirtió en un sálvese quien pueda de Lelos pisándose el cuello para huir, mientras Flo iba aferrado al volante, pitando como un desquiciado y gritando por la ventanilla: “¡Todos a tomar por culo!”.

¿El resultado de su gran hazaña? Lía estaba mirándose las uñas y ni se giró.

Viendo el percal, GAS pilló sitio en primera fila con una sonrisa de absoluto psicopatía. Sacó una lata de alubias de dudosa caducidad del bolsillo, la abrió a lo bruto y empezó a engullir a puñados sin apartar la vista del show.

De repente, frenó en seco. "Uf, se viene cosita", murmuró.

Y soltó aquello. Llamarlo pedo es quedarse corto; fue un ataque bioterrorista en toda regla. Una fuga tóxica que picaba en los ojos y te dejaba sabor a cobre en la boca. En cero coma, la calle fue devorada por una niebla espesa y putrefacta. Los Lelos empezaron a caer desplomados contra el asfalto, tosiendo y asfixiándose, mientras Gas se marcaba un bailecito lamentable en medio de su propio apocalipsis gástrico. El aire de Lelópolis, directamente, se volvió masticable.

Entre el tufo insoportable y el pánico general, alguien pegó un berrido señalando arriba. Era SKY, un unicornio volador que llevaba encima un ciego de "polvos mágicos" tan importante que no sabía ni en qué dimensión vivía. Iba sobrevolando la plaza haciendo eses, dando vueltas de campana como si estuviera en una atracción de feria averiada.

Desde las alturas, empezó a espolvorear una movida brillante que cayó sobre la ciudad como una nevada de purpurina radiactiva. En cuestión de segundos, la mezcla del gas intestinal y la lluvia alucinógena saturó el aire de Lelópolis. A los Lelos se les giró la castaña a la vez: entraron en un viaje astral colectivo y empezaron a darse de hostias sin piedad, saltando unos sobre otros y tirando bocados al aire, totalmente convencidos de que estaban librando la batalla espacial del milenio.

Y mientras abajo la peña se mataba en pleno delirio, Sky seguía haciendo tirabuzones en el cielo, partiéndose la caja como un psicópata.

En medio de todo esto, LIA, la diva autoproclamada, desfilaba por la plaza entre el gas y la purpurina radiactiva como si fuera su alfombra roja personal. Sorteaba Lelos que convulsionaban en el suelo con la elegancia de quien esquiva un charco. Iba pegada a su espejito de mano, girando la cara para comprobar sus ángulos.

A medio metro de sus tacones estaba Flo. El pobre desgraciado se arrastraba por el asfalto, con un zapato de menos, un ojo morado y su camión convertido en una hoguera de San Juan a sus espaldas. "¡Mírame, mi amor, mírame!", le suplicaba alargando una mano llena de aceite hacia ella.

Lía se detuvo un milisegundo. Flo contuvo la respiración, pensando que su gran maniobra romántica por fin había dado sus frutos. Pero Lía simplemente aprovechó la luz de las llamas del camión para comprobar si llevaba bien difuminado el colorete, dio un sutil respingo para que Flo no le manchara el calzado, y siguió caminando.

Y para rematar el cuadro, apareció ELA. Era una Lela que llevaba tanto tiempo dormida que la mitad del vecindario apostaba a que estaba en coma profundo y la otra mitad a que, directamente, la habían disecado. Iba sonámbula perdida, arrastrando una almohada tiesa de babas y un peluche, bostezando a cada paso.

Atravesó la zona de guerra sin enterarse de absolutamente nada. Esquivaba los puñetazos, los restos del camión en llamas y las nubes de gas tóxico por pura potra, caminando con la sonrisa boba del que está soñando con perritos y gominolas.

A su paso, hasta los que se estaban arrancando la cabeza a mordiscos paraban un segundo para apartarse de puntillas. Había una regla sagrada y no escrita en Lelópolis: a Ela no se la despierta ni aunque el planeta se vaya a la mierda. La leyenda urbana decía que, si la sacabas del sueño de un susto, el grito de mala leche que pegaba era capaz de partir una montaña y echar abajo los pocos edificios que quedaban en pie. Así que, pasito a pasito, la dejaron seguir su camino hacia ninguna parte.

Pero la guinda del despropósito la puso REX. Hablamos de un tiranosaurio jubilado de cinco metros en silla de ruedas, saliendo embalado de su tienda de piensos para intentar salvar el pellejo. Los Lelos lo vieron aparecer rodando cuesta abajo, sin frenos y a toda pastilla, y empezaron a chillar como si vieran venir a Hacienda.

Rex, dándose cuenta de que no había forma humana (ni jurásica) de frenar ese trasto, decidió abrir pista por las bravas: "¡Quitad de en medio, desgraciados!", gritaba, mientras pasaba literalmente por encima de unos cuantos infelices que no tuvieron los reflejos para apartarse.

La inercia lo llevó directo al centro de la plaza, justo donde los restos del camión destrozado de Flo hacían de rampa perfecta. Rex la pilló de lleno y, sin comerlo ni beberlo, despegó.

Bienvenidos a… ¡LELOS!

Por un instante, la guerra campal se detuvo. Todos miraron hacia arriba, embobados. En una cámara lenta absurdamente épica, vieron a un dinosaurio tullido de cinco toneladas surcando los cielos, rollo E.T. en la bicicleta pero en versión geriátrica. Fue un momento de pura poesía. Rex, flotando en el aire, extendió sus bracitos inútiles y sintió la brisa en la cara. "¡Soy el puto amo del universo!", gritó a pleno pulmón, sintiéndose intocable.

La majestuosidad le duró exactamente tres segundos. El tiempo justo para estamparse de boca contra la Torre del Leloj. La pobre estructura, que ya de por sí se aguantaba por pura fe, no soportó el impacto del meteorito jurásico en silla de ruedas y colapsó, cayendo a plomo sobre todos los presentes como si fuera la peor partida de Jenga de la historia.

Llegados a este punto, Lelópolis había dejado de ser una ciudad para convertirse en un descampado de anarquía y mala leche. Entre los cascotes del Leloj, el tufo a pedo radiactivo y las hostias a mano abierta, ya nadie tenía la más remota idea de cómo había empezado todo. Y lo que es mejor: a nadie le importaba un carajo, estaban demasiado ocupados sobreviviendo.

La liada alcanzó unas proporciones tan ridículas que la onda expansiva de estupidez rebasó la atmósfera de LER-2 y acabó salpicando a los planetas vecinos, pero eso ya… es otra historia.

Pasad, acomodaos y rezad 3 Olis nuestros.